24.5.18

PASEOS DE JANE 2018


Javier Burón presenta el paseo de M. Antúnez

Este año he vuelto a participar en los Paseos de Jane. A mí que tanto me gusta pasear por la ciudad y gozar del ir ir venir de sus diversas gentes, y leer en las fachadas de sus edificios o en sus pavimentos la historia de nuestra urbe; un libro abierto.

En esta edición he acudido a tres paseos como asistente, como espectador ávido de disfrute y conocimiento. No he podido acudir a otros que me interesaban, pero el tiempo es limitado. De modo que el viernes tarde estuve presente en el Miguel Antúnez sobre la “Poesía de los Árboles”, que se desarrolló en los Jardines de la Agricultura, con lecturas poéticas sobre cada uno de los ejemplares en los que el autor se detuvo. Allí me encontré con muchos y viejos amigos. Y aunque el acto arrancó con puntualidad, terminó 30 minutos después de lo previsto (cosa lógica en un paseo guiado) lo que me impidió asistir a otro paseo que me interesaba y que lo conducía el amigo Pancho, gran conocedor de las aguas de Córdoba. Y es que el cuerpo tampoco aguanta a estas (supongo) edades: estar a pie quieto durante mucho tiempo me causa dolores de espalda. ¡Qué le vamos a hacer!

Miguel Antúnez durante su paseo

El sábado por la mañana asistí al paseo guiado por el también amigo Alberto Rubio, que nos ilustró sobre el viaje que realizó el Gran Duque de Toscana a nuestra ciudad en el siglo XVII, dentro de su periplo por la Europa más occidental. Arrancó el acto en las Caballerizas Reales y finiquitó en la Plaza de la Corredera, donde las autoridades locales le ofrecieron una corrida de toros. Paramos en el Centro de Visitantes de Córdoba, donde se encuentra reproducido un fragmento de la crónica del aristócrata florentino sobre su estancia en Córdoba y en el semiclaustro conservado del antiguo convento de San Pedro el Real (actual iglesia de San Francisco), donde se alojó el Gran Duque durante su estancia en Córdoba.

Alberto Rubio en las Caballerizas Reales

El domingo por la mañana tocaba con Manuel Harazem y su paseo sobre la Rebelión de Saqunda, sobre la que ha escrito un libro que leí con fruición el pasado verano. El itinerario comenzó en el C3A (o como se llame, porque este nombre me remite a los robots de “La Guerra de las Galaxias”). Allí pudimos contemplar los pocos vestigios de ese inmenso arrabal que se conservan y que fue arrasado por las excavadores, como otros tantos otros yacimientos en Córdoba. De allí nos trasladamos al otro lado del río (su margen derecha), donde la maleza oculta el dique o murallón que se construyó en su margen izquierda para prevenir que las crecidas del río no inundasen Saqunda, pero que el devenir del río, con constantes cambios en su curso y meandros, ha dejado como mudo testigo de lo que un día fue. El acto terminó junto al Molino de la Albolafia, frente a la Puerta del Puente y el actual Seminario. Después los más íntimos (el propio Harazem, Cristina, Carlos Puentes, Eladio y Paco Madrigal fuimos a refrescarnos con una cerveza en el cercano Amapola.

Manuel Harazem en su paseo

Por la tarde me tocó, esta vez como guía, el paseo sobre la Avenida de las Ollerías, que era el último de esta edición de los Paseos de Jane. El tiempo se había vuelto horrible, como había pronosticado nuestro amigo “El Meteofriki” (Carlos Puentes) a mediodía. Tras la tormenta desatada hubimos de cambiar el punto de encuentro a la acera de enfrente, cobijados por los soportales de esta avenida que son una bendición (ante las lluvias y también bajo el sol estival). Muchos amigos tuvieron que desistir porque se mojaron nada más salir de sus casas, cosa comprensible sobre todo en este mayo cordobés tan impredecible, con subida y bajada de las temperaturas, inversiones térmicas y sus rápidas variaciones del cielo. Pero todo resultó bien, con paraguas desgarbados a causa del viento y una afluencia de público (en su mayoría vecinos del barrio) nada despreciable. Un público muy participativo. Y nos despedimos gratamente bajo el arco de la Torre de la Malmuerta, aunque la persistente lluvia nos azotaba a izquierda y derecha.

    
Dos de los edificios desaparecidos en Avenida de las Ollerías: Fundiciones Alba y Garaje San Cayetano





20.5.18

RECUPEREMOS LOS ’80



Vivimos tiempos complicados. Para mi generación algo menos, pero para los jóvenes terribles, porque no tienen otro horizonte que emigrar. Como los trabajadores españoles en los años ’50 y ’60.

Los años ’80 fueron duros para los que éramos jóvenes entonces. La crisis económica española de 1982 nos azotó con fuerza. Perdimos trabajos y horizontes de encontrarlos. Pero fueron años de disfrute y libertad. Mucha libertad que ahora (2018) se añora. 

Esta entrada la había pensado titular “La canción” (o copla, como diría mi admirado Carlos Cano), porque han sido esas canciones las que me han inspirado este escrito. Efectivamente he vuelto a escuchar mucha música de los años 80. Me consuela en estos años grises, de autocensura, del imperio de lo “políticamente correcto” que mata al individuo, que atenta contra la libertad de expresión. Ese fascismo o estalinismo “blanco” que impera desde hace unos años en las Españas. Posiblemente se trate de una importación anglosajona (o “anglocabrona” como dice mi también admirado Sánchez Dragó); de su falso puritanismo mientras gastan en fiestas “demodeés” o caducas (bodas de no sé que príncipe, etc.) lo que necesita el resto del mundo. Un mundo asolado por el hambre, las epidemias y las guerras (provocadas por los países ricos; ellos).

En fin, que echo de menos aquellos años que en mi vida he sentido como más los más libres. Y también desenfadados. Echo de menos a grupos musicales como La Polla Records, Los Ilegales, Kaka de Luxe, Siniestro Total y un largo etcétera. Echo de menos la frescura de las primeras películas de P. Almodóvar (“Pepi, Lucy y Bon…” o “Átame”, esta última que sería impresentable en un festival a día de hoy) y su derribar libremente tabúes. Sin el lastre de los poderes fácticos que hoy nos atenazan.

Echo de menos a Agustín García Calvo, a Umbral o a Paco Ibáñez, que en su concierto en el Olympia de París en ¡1969! musicaba poemas clásicos españoles en los que se hablaba, sin denostación, de cojos, mancos o ciegos. Hoy eso estaría prohibido; y habría que sustituirlo por ese eufemismo de “disminuidos físicos”, cosa que casa mal con la poesía y con la realidad. Porque el lenguaje trata de economizar; de ser preciso, de comunicar fácilmente, de entendernos sin oscuros manejos impuestos desde el poder político, pero también del social, porque la izquierda (esa supuesta esperanza) se hace presente en el juego. Fuegos artificiales para entretenernos y desviarnos de los verdaderos problemas que nos acometen en el día a día.

De modo que ahora lo que se impone es “A galopar hasta enterrarlos en el mar” (Alberti). 

Ah! La libertad.


PS: Por favor, agradecería muy mucho que vuestros comentarios a esta entrada los hicieseis en el propio blog, y no dándole al “me gusta” de Facebook tras leerlo superficialmente.

15.5.18

Land Rover (y transportes Menorca)


Junto a Land Rover, a las puertas del Hotel Bellevue

Comienzo la crónica del reciente viaje a Menorca por el final...

En nuestro viaje a Menorca nos hemos transportado por tierra, mar y aire.

Llegar o salir de esa aislada isla se nos ha hecho complicado.

Los medios que hemos utilizado fueron:

-Taxi
-Autocar (hasta Granada)
-Autobuses urbanos
-Avión
-Coche de alquiler
-Barco (ferry)
-Trenes (de cercanías y lejanías)
-Coche particular

Y el LAND ROVER, que merece tratamiento aparte y más extenso, por lo insólito…

Cuando nuestro amigo José Luis nos dejó en el parking del puerto de Ciudadela, nos dirigimos a la entrada de su terminal. Y allí, por casualidad, un caballero (Mariano) se acercó a Buensu preocupándose de su mochila. Y surgió la conversación. Le dijimos que nos dirigíamos a Palma de Mallorca y él nos dijo que nuestro barco (y el suyo) no iba a Palma, sino a Alcudia. Alarmados consultamos los billetes y ¡Tenía razón!. Con lo cual se nos erizó el vello, porque también creíamos que el hotel para pernoctar estaba reservado en Palma. Pero Mariano nos dijo que no había problema, que él junto a sus dos amigos una vez desembarcados se dirigían a la capital y que nos podían llevar en el Land Rover que acababan de adquirir. Un todo terreno de 55 años. Y en él introdujeron nuestras maletas, y lo embarcaron con prontitud, hasta el punto de que fuimos los primeros en salir de la bodega del ferry una vez atracados en Alcudia.

Durante el trayecto náutico, el buen Mariano nos preguntó cual era el hotel al que íbamos a alojarnos (Hotel Bellevue). Miró en Internet y nos dijo que nuestro hotel no estaba en Palma, sino en la propia Alcudia. ¡Otra sorpresa! La verdad es que ya no ganábamos para sustos. Porque si teníamos que pernoctar en Alcudia ¿Cómo trasladarnos al sur de la isla al día siguiente para tomar el vuelo a Málaga?

Nos llevaron generosamente en el LAND ROVER hasta la puerta de nuestro hotel, recorriendo avenidas y callejeando, rodeando calles cortadas por alguna celebración. Y al final nos hicimos una foto junto al Land Rover (no era para menos). Mariano, Pepe (que conducía el vehículo) y otro amigo suyo del cual, lamentablemente, no recuerdo el nombre. Y allí nos despedimos de estos buenos y nuevos amigos. Final feliz…

Por cierto: si conocéis a alguien que quiera vender un Land Rover, no dudéis en comunicármelo: ellos los coleccionan. Y estamos en deuda con tanta generosa amabilidad.




14.5.18

Los “Entretantos” del Viaje a Marruecos (y IV)



Callejuela en El Barrio Judío

Hasta ahora en mi viaje marroquí he tratado de seguir una línea más o menos cronológica de los principales hitos. Pero entre ellos también han sucedido cosas, mayormente en Fez. Y a esto lo voy a tratar de forma temática, que no cronológica.

Medina: Cuando elegí un alojamiento en la medina lo hice, entre otras razones, porque pensaba que era un ventaja para visitar la parte más importante de la ciudad. Y esto resultó un gran error, porque si bien tenía la ventaja de la cercanía, resultó que estaba aislado, en el sentido de que era difícil trasladarse a otros lugares de la ciudad, porque la extensa medina de Fez no admite tráfico rodado con lo que coger un taxi para ir a otros lugares era complicado. Error de primerizo, porque hubiera resultado más fácil y cómodo alojarse en la parte moderna (Nouvelle Cité) y desde allí trasladarme a la medina.

Nouvelle cité: extensísima, con establecimientos a lo occidental. Como bares donde poder tomarte una cerveza, aunque tenían un licencia especial para suministrar alcohol. Solo al tercer de día de mi estancia lo conseguí, pidiendo un “petit taxi” que me llevó hasta las cercanías de un establecimiento donde pude quitarme el “mono” tras 3 días de monacal abstinencia. Allí me desquité a modo. Primero me senté en la terraza cubierta por la cuestión del tabaco, pero luego me di cuenta de que en su interior estaba permitido fumar. De modo que cuando arreció el temporal de lluvia y frío, me refugié en su barra. En el interior había muchos nativos, pero también algunos europeos. La chica que me atendió iba ataviada como una “rockera”. Algo que no había visto hasta ese momento en la medina. Y cuando mi incontinencia urinaria, debida a la ingesta de birra, se hizo urgente, resultó que el retrete estaba ocupado, pero enseguida llegó el amable camarero que me había atendido en la terraza y me llevó a un WC alternativo ante mi urgencia. Y esto sin que yo le manifestara mi inmediata necesidad, que podría haber arruinado toda mi incursión hasta allí.

Centro Comercial: Se llamaba Borj Fez o algo así. Está compuesto de tiendas y restaurantes de distinto tipo, incluido un Carrefour. Lo descubrí en uno de los viajes en taxi y se convirtió durante varios días en mi refugio en los momentos que me sentía más desolado. Se haya entre la medina y la ciudad nueva. Allí podía moverme a la occidental: comida para llevar, cajeros, etc. Si bien me costó encontrar donde adquirir cerveza, porque dentro del Carrefour no había, y un letrero, que me costó descifrar, indicaba que el alcohol solo se podía adquirir en “La Cave”, cercana al aparcamiento subterráneo del centro comercial. Esta ocultación me fue explicada por el gerente del hotel (Abdul). En esta “cave” las cervezas las expedían en bolsas no transparentes. Me sentí como un delincuente que está comprando algo ilegal que hay que ocultar. Y es que Fez es la capital religiosa del país. Y sin embargo el hachís te lo ofrecían a la luz del día sin ningún pudor. Nunca he apreciado tanto el pertenecer a la U.E. que allí.


                                                                           Terraza del hotel

Terraza hotel:  Fue mi refugio y solaz en las mañanas y las tardes soleadas (que también llovió…) Tenía unas vistas maravillosas sobre la medina y un mobiliario colorido. Y siempre atendido por Muhammad. Allí leí, escribí, reflexioné y charlé con otros huéspedes.


Jardín


Jardines y barrio judío (Jdid): El penúltimo día de mi estancia en Fez lo dediqué a visitar un jardín que me habían recomendado y el barrio judío. El jardín, pequeño y versallesco, estaba cerrado los lunes y era lunes, con lo que me hube de conformar con hacerle unas fotos  través de la verja de entrada. Luego me dirijí al Barrio Judío, cuyas casas fueron abandonadas para trasladarse a la “ciudad nueva” dado su mejor poder adquisitivo y ahora están ocupadas por musulmanes; destacan sus ventanas y balcones labrados bellamente en madera oscura. Dado mi despiste mirando el plano, se me acercó el vendedor de una tienda que se ofreció primero a indicarme y luego a acompañarme (dejando su tienda en manos de quién sabe Dios). Ya en el barrio me indicó que las antiguas casas judías tenían la fachada encalada de azul claro, mientras que las musulmanas lo estaban de un verde también claro. Y me hizo penetrar (nuevamente) en una casa con un patio con escasos frutales de los cuales sus habitantes estaban muy orgullosos a pesar de su dejadez, y para ello hubimos de atravesar la amplia cocina, rompiendo con la intimidad que yo pensaba era característica de las casas islámicas. Me regalaron una flor de azahar y me ofrecieron té que deseché. Mientras recorríamos las bellas callejuelas con flores, mi espontáneo guía me ofreció hachís, cosa que también deseché, pero él se fumó un buen canuto y me enseñó la casa donde dijo había vivido Gilles Deleuze, cosa que no he podido contrastar. Al final se despidió de mí en una de las callejuelas donde abundaban los pequeños puestos de verduras: menta, cebollas y enormes alcachofas como nunca había visto. Y luego vino la “factura” por su “ayuda” que hube de regatear no sin esfuerzo. No vi el Palacio Real y salí de allí a todo trapo.

                            Balconada casa judía                         Casa de G. Deleuze (supuesta)

Burros: como las calles de la medina son tan estrechas, el transporte en su interior se realizaba a través de burros o mulas. Cargaban desde bombonas de butano hasta garrafas de agua mineral y tenían prioridad en el tránsito, el cual me pareció que era por la izquierda, a diferencia de España o Europa. Luego, y gracias a mi amigo Alejandro Pérez, me enteré de que existía allí un hospital de burros, cosa que me imagino que conocerán las asociaciones en defensa del burro español como ADEBO. En cualquier caso aquello es el paraíso de los burros.




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1.5.18

VOLUBILIS Y MEQUINEZ (sábado 14) - Viaje a Marruecos III


Arco de triunfo en Volubilis

Para este día había contratado en el hotel una visita-excursión guiada al yacimiento romano de Volubilis y la cercana Mequinez (o Meknès). El precio (85 €) me pareció excesivo, sobre todo teniendo en cuenta que solo había alrededor de 70 km. a estos lugares, pero no me quería perder esto de ninguna manera. Resultó un día grato aunque no exento de sorpresas, como por ejemplo que en el vehículo iría yo solo, y no porque no quisiese compañía sino porque no había más gente para esta excursión. Pero por la noche, durante la cena, el gerente del hotel logró captar para la excursión a una pareja de jóvenes estudiantes alemanes llegados aquel mismo día, y les pidió el mismo precio per capita que a mí. Y esto me sorprendió, porque pienso que si un viaje para una sola persona tiene el precio establecido, si se agregan más personas (2) el precio se debería dividir entre 3. Pero ¡Que va!. Además nuestro supuesto “guía” se reveló como solo un “taxista” o conductor, con lo cual hubimos de pagar todas las entradas (Volubilis, etc.) de nuestro bolsillo e ir por nuestra cuenta o pagar a otros guías que nos explicaban los sitios visitados.

La ciudad romana de Volubilis me pareció impresionante. No había visto nada igual desde Pompeya hacia el occidente. Ni en España. Una extensión enorme con cantidad de edificios, calles, y multitud de mosaicos en casas o termas. Desgraciadamente el yacimiento no cuenta con  otra protección que la valla metálica que lo circunda y sus abundantes vigilantes. Porque los bellos mosaicos yacen al aire libre, sin protección, a la intemperie, ante lluvias, temperaturas o vegetación que crece entre ellos y que, de no poner remedio, se acabarán deteriorando. Menos mal que las numerosas estelas funerarias romanas están más o menos a resguardo. Entre ellas, muy bien conservadas, encontré una cuya inscripción aludía a Hispania y cuya imagen he trasladado a mis amigos Alberto Monterroso y Jerónimo Sánchez para que, como especialistas, precisaran su traducción.

Uno de los mosaicos en Volubilis

A la salida del conjunto arqueológico y ante la sed que sentía por la solanera y elevadas temperaturas, compré un botellín de agua en uno de los quioscos existentes. Nunca he pagado un líquido tan caro como este: 1 € por 33 cl. de agua mineral. Proporcionalmente ha sido la bebida más cara que he pagado en mi vida, desbancando en el ranking hasta la que hasta entonces ostentaba el récord: la cerveza de 33 cl. que me tomé en Venecia (9 €), en una terraza de la Plaza de San Marcos. Claro que eso fue hace años en Europa, en un país y una ciudad potentes; y además del marco, es que en Italia me obsequiaron con un sustancioso aperitivo que degusté junto a la birra mientras disfrutaba de la música clásica interpretada por un pianista en la propia terraza.

Pero el “taxista” al llegar a Mequinez bien que nos llevó a un restaurante claramente concertado, si bien él no comió allí. El restaurante era muy bonito y elegante (con decoración nazarí); con atención  magnífica (cosa corriente en Marruecos), y la comida abundante y buena, si bien demasiado espaciada, con lo cual matan el sabor de las estupendas verduras de que gozan. 

Los jóvenes alemanes (con fluido inglés) tuvieron la deferencia de invitarme a su mesa, cosa que acepté con mucho gusto. El postre, sobreabundante para mí, era exquisito compuesto de sabrosos pasteles de miel, perrunillas… etc.

Luego nuestro chófer  nos invitó a que visitásemos la medina, pero tampoco nos podía guiar, por los obstáculos legales etc… De modo que  me adosé (o me “emperché”, según mi hija)  a los alemanes, y, como no, se nos adhirió un “guía” no solicitado y que, naturalmente, pidió su retribución al final; los pequeños gastos que creíamos iban incluidos en la visita se iban acumulando. Y los jóvenes alemanes se movían con mucho más desparpajo que yo.

El taxista, que nos dio 1 hora y 40 minutos para visitar la medina, se presentó más de 40 minutos después de la hora por él fijada. Tiempo perdido que contribuyó a que no pudiésemos visitar otros lugares programados. Cuando por fin apareció y creíamos que abandonábamos Mequinez, nos paró en unos graneros del siglo XVIII: Los Graneros de Moulay Ismail - Hri Souani. Pagamos la entrada y luego al espontáneo “guía” que se nos ofreció y explicó este interesante lugar.

Cuadras en los Graneros de Moulay Ismail

A la salida el taxista nos llevó hasta una bonita (como casi todas aquí) puerta  de la muralla, hicimos fotos y volvimos al vehículo, donde nuestro conductor nos comunicó que regresábamos a Fez. Serían las 18 o 18:30 horas; estaba claro que no visitaríamos otros lugares previstos. Pero yo respiré aliviado, porque ya solo deseaba volver al hotel cuanto antes; estaba saturado de tanta marrullería.

Puerta en Mequinez

En esa noche, mientras estaba sentado en la terraza del hotel, me abordaron una pareja de argentinos de mi edad, a los que habían  recomendado que hablaran con un turista español (Rafa) que se alojaba allí (yo). Habían llegado ese mismo día y empezaron a despotricar de su 1ª (y última) estancia en Fez. Yo estaba de acuerdo con su opinión, de modo que despotricamos a  tutiplén a cerca de como iban las cosas por allí. Mientras hablábamos, buscaban por internet a toda costa otro destino para el día siguiente. No querían permanecer allí ni un día más tras su mala experiencia.


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29.4.18

Viaje a Marruecos (II)


Medersa

Cómo ya había quedado dicho, para este día había contratado un guía a través del propio hotel, para que me llevase por la medina y sus lugares más importantes. Mi sorpresa es que no se trataba de un guía “oficial”, que según tenía entendido te los ofrecían en los establecimientos hoteleros. Era un anciano de 80 años que chapurreaba un poco de español y que me costó veinticinco trompos, una cantidad que me pareció exorbitante, pero que me evitó los “moscones” (quienes si te ven con alguien que te guía no se acercan). 


Puerta principal de la Mezquita de los Andalusíes (en restauración)

Me condujo por zocos y los edificios más importantes: Mezquita de los Andalusíes (desafortunadamente en restauración), la mezquita más antigua y algunas medersas (o madrazas), etc. Pero también a varios talleres-tiendas: de tejidos, de trabajo manual en cobre y por supuesto a las famosas tenerías, dónde un guía que hablaba bastante bien el español, me explicó todo el proceso de curtido ante la vista de las pozas de distintos colores en las que se lleva a cabo el curtido, que según me dijo se prolongaba durante 27 días aproximadamente. También me ilustró sobre las cualidades de cada piel: oveja, vaca o camello. Cuando bajamos de la terraza desde la que habíamos observado el laborioso trabajo de los curtidores, me condujo a la tienda en la que trató de de encasquetarme una correa por la que mostré interés; me pidió 30 €, aduciendo el buen trabajo de su elaboración y su pertenencia a una Cooperativa de Artesanos reconocida oficialmente. Le dije que el precio me parecía excesivo y como prueba le mostré la correa que yo llevaba puesta, toda de buen cuero y tan artesanal como aquella, pues la compré muchos años atrás al guadamacilero de la calle Cárcamo de Córdoba por 20. Palpó mi correa y adujo que el cuero era de menor calidad, cosa a todas luces incierta, pero bajó el precio inicial a lo que me había costado la de Córdoba, cosa que decliné. No se lo tomó demasiado mal y se despidió de mí con educación y la hospitalidad que les caracteriza.


Curtiduría.

Pero no acabo de comprender su sistema económico: que un negocio que pertenece a una cooperativa oficial pueda vender cosas a precios no tasados. Es decir, mucha economía sumergida (tal vez el 80%). Y sin duda, en lo respectivo al sector servicios, basada en esquilmar al turista que ellos consideran una fuente inagotable de dinero.

En fin, tras más de tres horas mi guía, con su chilaba, me dejó en el hotel, no sin sudar porque el calor apretaba y las cuestas nos hacían llevar un pausado caminar, aunque él, a sus 80 años, iba siempre delante de mí.


3ª Jornada

En este día (viernes 13) las cosas afortunadamente mejoraron. Me lo tomé de compras y relax. Muhammad (a pesar de la cercanía) me acompañó por las laberínticas calles que todavía no me había aprendido hasta Dar Zyat por donde pueden transitar coches y me pidió un petit taxi, para que me llevase a un centro comercial donde había un Carrefour. Allí me sentí más seguro. Saqué dinero de un cajero automático, compré algunas cosas, como el único periódico en alfabeto occidental (Le Monde Diplomatique) y comí un calzone en unas de las pizzerías italianas del este centro. Intenté comprar un paraguas en el Carrefour pero se habían agotado, posiblemente por el “fin de temporada”. Así que “mi gozo en un pozo”, porque como todas las tardes anteriores se anunciaban lluvias, que cayeron en abundancia. Aunque es verdad que se veía poca gente con paraguas (como cuando estuve en Cuba) y los nativos iban en chanclas de goma o en babuchas a pesar de las lluvias.

Tras la comida volví al hotel para echarme una siesta. Al llegar al hotel, como siempre, me ofrecieron el exquisito té con menta de costumbre. Tras rechazarlo le pregunté al amable Muhammad dónde podía comprar un paraguas y me dijo que en los zocos de la medina, pero yo no tenía ganas de adentrarme otra vez en el laberinto. Tras la siesta me dediqué a la lectura retomando El hombre sin atributos” de R. Musil, que tenía abandonada desde semanas por ocupaciones varias. También aproveché la buena conexión wifi del hotel para mandar mensajes a familiares y amigos.

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28.4.18

VIAJE A MARRUECOS (I)


Vista parcial de la medina de Fez

Era mi primer viaje a este país tan cercano. Y ello debido a diversas circunstancias. Me hubiera gustado que fuese con un guía experimentado. Y no me faltan amigos para ello; simplemente el azar quiso que no fuese así.

De modo que lo afronté a solas, aprovechando un vuelo barato desde Sevilla, aunque bien pertrechado de libros, planos y consejos de amigos curtidos en muchos viajes a este país. Y también por otras razones.

En fin, que el primer día de periplo viajé a Sevilla en tren, y desde la estación de Santa Justa me trasladé al aeropuerto en el autobús que cubre esa línea. Y allí, al facturar, sufrí la “1ª clavada”: 40  € por la maleta que yo creía iba incluida en el billete de ida y vuelta. A la vuelta ídem: otros 40 “leros”, con lo cual el viaje de la maleta costó más que el mío sentado (60).

Al llegar al bello, funcional y moderno aeropuerto de Fez, y tras pasar exhaustivos controles policiales, el taxista enviado por el hotel a petición propia, me estaba esperando con i nombre escrito en un folio. Me trasladó hasta Dar Zyat, una puerta de la medina y, como estaba lloviendo, se esperó hasta que llegase el operario del hotel, Muhammad, con el que tan buenas migas hice dada su servicialidad, amabilidad y laboriosidad. Cargó con mi pesada maleta entre laberínticas callejuelas bajo la lluvia.

Aeropuerto de Fez (exterior)

 Aeropuerto de Fez (interior) 
                                                                                                                                                       
A la llegada me ofreció un exquisito té con menta totalmente gratis. Luego me llevó a instalarme en mi apartamento, que afortunadamente se encontraba en la 3ª planta del edificio, y daba a la terraza desde las que había maravillosas vistas de la medina de Fez (al parecer el espacio peatonal más grande del mundo). Después de tomar algunas fotos sobre las vistas, decidí salir a tomar algo. Pero cuando bajé a la recepción-sala de estar-comedor, no había nadie del personal del hotel, pero la puerta del establecimiento estaba abierta. Esperé allí y de pronto apareció un operario desconocido al que le pregunté quién me podía atender. Me dijo que Mohammad volvería “en 5 minutos”. Esperé largo rato y nadie aparecía. Entretanto un matrimonio italiano con un niño pequeño salió y comentó que iban a cenar a una pizzería. Después llegó un momento en que me desesperé.

Y esa fue mi perdición, sin duda debida a mi impaciencia y falta de prudencia (aunque estaba sobradamente advertido) que me hicieron lanzarme a la laberíntica medina. Empezaba a anochecer y traté de seguir la ruta que había tomado el matrimonio italiano, pero me encontraba totalmente perdido en aquel dédalo de callejas y adarves. Y en esas me abordó un adolescente que me preguntó si podía ayudarme; le dije que sí, acordamos el precio y lo que buscaba. Aceptó pero en el ulterior desarrollo el chico no sabía encontrar el sitio que quería, de modo que fue preguntando al respecto a otros jóvenes que había por las calles y que se fueron agregando como “guías”.  

Al final me condujeron a casa de uno de ellos que dijo que me podía proporcionar lo que buscaba: una cerveza. Allí, una casa en obras en oscuro y estrecho pasillo, me ofrecieron té y otras sustancias que decliné, y aunque insistí en que me diesen lo que iba buscando, primero me insistieron en que fumase del canuto que rápidamente liaron y, ante mi insistencia, me trajeron un bebedizo blancuzco y extremadamente salado. Solo tomé dos sorbos y les dije que me quería ir; tenía miedo y lo único que anhelaba era volver a la seguridad del hotel. 

No sin refunfuñar y regatear, salimos de la casa y me dejaron en la que ellos decían era calle de mi alojamiento. Seguí adelante y el hotel no aparecía; otra vez estaba perdido... Por suerte, todo se arregló a base de regateo y más dirhams.

Al llegar al hotel me recibió su gerente, que me preguntó que había ocurrido. Cuando se lo conté se echó las manos a al cabeza y acusó mi imprudencia. Alegué en mi favor que había estado esperando más de 1/2 hora en el hotel sin que apareciese nadie; se excusó diciendo que estaban en la oración de la tarde-noche y me obsequió con una botella de agua que pensaba comprar. Al día siguiente tuve noticia (y me consta) de que fue a buscar a los chicos y los reprendió para que no se acercasen al hotel ni molestasen o “guianse” a sus clientes.

Esa misma noche contraté en el establecimiento un guía para que me enseñara la medina en la mañana del día siguiente.