12.3.12

Libros Amigos (13)


Jueves 8 de marzo: el amigo Óscar, de Editorial Séneca, me ha invitado a la presentación del libro “Los nombres de lugar de Hornachuelos”; un libro sobre toponimia que me interesa. Aprovecho para pedirle que me traiga (a ser posible firmado por el autor) el libro Proyecto Redención, que al parecer se ha extraviado en Correos.

Caigo en los curiosos vaivenes de nuestra vida: después de 17 años en que la mía había basculado hacia el eje Córdoba-Guadalquivir Este (Montoro y comarca), de golpe vuelvo al Oeste. El “oeste” de mi niñez y juventud (más los 2 años docentes en mi querida Constantina).

El cambio de tendencia comenzó en noviembre, cuando me invitaron a una visita guiada a Palma del Río de la mano de Óscar Morales y Emilio Navarro, a quienes conocí en aquella memorable ocasión. Siguieron un perol en la misma localidad y una posterior, y también sustanciosa, visita igualmente guiada a Peñaflor, la antigua Celti de los romanos. En esta última tuve la suerte de conocer a Lorenzo Parra, excelente guía y gran persona; autor de la susodicha novela “Proyecto Redención”  que pienso leer con fruición en las próximas semanas. Una novela que mezcla la acción, el subconsciente, la realidad, la ficción y la lucha entre el Bien y el Mal. Lorenzo  me la ha dedicado como solo saben hacerlo las personas auténticas. Además es el autor de un admirable blog de su localidad para recuperar la memoria reciente.

La cosa no queda ahí, pues en enero concerté una actividad educativa conjunta con mi antiguo instituto: visitaríamos Medina Azahara y el castillo de Almodóvar para abordar de forma práctica el estudio de la Edad Media andaluza. La visita al castillo me gustó tanto que se me ocurrió viajar en tren a Posadas.

Pocos días después recibí la invitación para la presentación del libro sobre Hornachuelos (escrito por un maleno)…

Disfruté en dicha presentación por conocer y charlar amigablemente con su autor, por reencontrarme con Teresa y Óscar, por acudir al edificio donde comencé el bachillerato (hoy IES Góngora)… Echamos de menos a Paco Muñoz y Conchi Cartago, amigos habituales en este tipo de actos. Y a Maribel García Cano, que ese día leía su discurso de ingreso en la Real Academia.

Terminamos en la taberna El Gallo celebrando esta jornada de cultura (y amistad).

4.3.12

En tren a Posadas



A veces no somos conscientes de lo “a mano” que tenemos un momento feliz reviviendo gratos instantes de nuestra vida. Recuperando tiempos y lugares low cost. Casualmente la pasada semana recordé los viajes de mi niñez a la cercana/lejana Posadas. Y caí en la cuenta de que a lo mejor podía rememorarlos viajando allí en tren, como hacíamos entonces.

La idea me entusiasmó. Me puse manos a la obra y descubrí que seguía habiendo  ferrocarril hasta dicha localidad. No así a la vecina Almodóvar, con la que pretendía redondear la jornada visitando sosegadamente su castillo, al que había acudido la semana anterior durante una visita escolar.

Paco Madrigal, amigo y gran fotógrafo, se prestó a resolver el problema: así  que yo viajaría hasta Posadas en tren y él en su coche, en el que realizaríamos el traslado a Almodóvar y la vuelta a Córdoba.

El tren salió de la estación a las 9:25 y llegó puntualmente a Posadas a las 9:44. Durante el trayecto alcanzó velocidades de hasta 145 km/h. Nada que ver con el antiguo “Ferrobús” que cogíamos a las 7 o 7:05 h.  de la mañana con sus asientos de escay. Aunque también es cierto que no paró en ninguna otra estación como lo hacía antiguamente (“paras menos que el tren en Villarrubia” rezaba el dicho)…

Aparte de la comodidad del vagón (casi como el AVE), me sorprendió el estado de dejadez en que se encontraba la estación malena. A su salida ya no estaba el bar en el que mi padre tomaba café aquellas mañanas de verano cuando íbamos a bañarnos junto al puente (de E. Torroja). Pero quedaba el edificio. No así (lógicamente) el paso a nivel, lo que me obligó a dar un rodeo bajo un puente para encontrarme con Paco en La Melchora.

Recorrimos las limpias calles bajo un día azul, fotografiando rejas y edificios hasta que un irresistible olor a jeringos me obligó a indagar sobre su lugar de origen, desvelado por una amable paisana. Allí, y por solo un euro, me proporcionaron una buena cantidad que, recién sacada del perol, saboreé en un cercano  bar atiborrado de “desayunantes” y en el que nos trataron exquisitamente.

Proseguimos con las fotos y lugares del recuerdo: Teatro-cine Liceo (que imaginaba desaparecido), casas señoriales, calle Teodoro Domínguez (de tantos y buenos recuerdos), su barranco hacia el río… Y el Ayuntamiento, la iglesia, el abrevadero…

Mientras, la gente nos abordaba por la calle preguntando por qué estábamos allí, opinando que era un buen día para hacer fotos porque todo el pueblo se encontraba de perol en la Sierrezuela, apuntando que su calle es la más bonita del pueblo (“y muy limpia que está” les confirmamos…)