17.9.17

Viaje a Portugal (agosto 2017)


Bon Jesu (Braga)

El viaje no comenzó con buen pie dado que con muy pocas horas de antelación Airbnb  canceló hasta dos apartamentos que habíamos reservado, alegando que habían sufrido “inundaciones”. El 1º de ellos es el mismo en que estuvimos en Semana Santa. Cancelaciones unilaterales y sin compensación, lo que da motivo para desconfiar de esta compañía, por otra parte tan criticada en los últimos meses aunque por otras razones. Al final hubimos de reservar uno en la rua Santa Caterina, muy céntrico pero que resultó ser una habitación doble con una pequeña cocina y un minúsculo cuarto de baño que sí que se “inundaba” con el simple aseo o la toma de una ducha. Y la terraza que anunciaban se trataba de una terraza comunitaria situada en la 5ª planta (menos mal que tenía ascensor, eso sí, a partir de la 1ª planta pues nos asignaron la 2ª).

Llegamos en la tarde-noche del día 18 de agosto con fresquito. El día siguiente (19-8-2017)  viajamos hasta Braga, la arzobispal ciudad de las reliquias (muchas de ellas arrebatadas a lugares cercanos). Hemos visto un montón de ellas en relicarios de los más diversos tipos. Se considera la ciudad más clerical de todo Portugal, según dice la tradición: "Braga reza, Oporto trabaja, Coimbra estudia y Lisboa se divierte".

Lo más espectacular en la visita a Braga fue la visita a la iglesia del “Bon Jesu” (“Bon Jesu do monte”)  y su barroca y extensa escalinata, plagada de fuentes y figuras alegóricas, alguna de ellas también paganas (Marte, Eros…?). Subimos en el funicular para después bajar por la escalinata. Nos trasladamos hasta allí en autobús (3’30 € los 2 billetes). De su iglesia lo más destacado ha sido su retablo tan escenográficamente barroco: como dijo mi amigo y acompañante Alberto es una especie de Belén napolitano pero con figuras grandes enmarcadas en una concavidad remarcada arquitectónicamente.

Hemos visitado algunas iglesias, la catedral (una mezcla desde su arranque románico hasta el barroco). También me ha llamado la atención una sobria plaza, Largo do Paço cuadrada o rectangular adosada al palacio arzobispal y que recuerda mucho a lo gallego. Frente a ella hemos retomado fuerzas con una cerveza trasegada en una de sus terrazas, donde hemos gozado de su frescor y lo apacible e inexistente alboroto de los paseantes (turistas como nosotros) a diferencia de lo que puede ocurrir en un escenario similar en España. En la terraza hemos inquirido por un brebaje que estaba anunciado en una pizarra llamado “Poncha de Madeira", el camarero nos dicho sus ingredientes y ha defendido sus múltiples virtudes que lo hacen apto a cualquier hora del día: como aperitivo, digestivo… No obstante, al sol, las temperaturas han sido más elevadas de lo esperado, hasta el punto de que, creo recordar, es la primera vez que me he tomado dos botellines de agua; al inicio y final de la bajada de la soleada escalinata.

A pesar de iglesias, palacios y otros edificios destacados, la ciudad me ha parecido un tanto anodina, con sus calles y edificios modernos. Sin embargo, hay que enaltecer sus zonas ajardinadas con bellas flores. También a destacar su monumental puerta de entrada, engalanada con una especie de vidriera de colores que parecen ser parte de fiestas que se estén celebrando porque también hemos escuchado cohetes. A la salida hemos visto una confitería-heladería en la que se ofrecían unos pasteles llamados “tibias” que tal vez sean como los españoles “huesos de santo” y estén relacionados con las susodichas reliquias. En el mismo sitio fotografié un carrito de helados de época.

El viaje de ida y vuelta nos ha costado baratísimo en el tren de cercanías (4 € en total por los dos) aunque cada trayecto ha durado 1 hora, porque va parando (cada 3 o 4 minutos) en cada estación entre Oporto y Braga, como nos ocurrió en la mayoría de excursiones que hicimos en los días siguientes.

He vuelto extenuado y doliéndome la cadera izquierda. Espero que no derive en lumbago o ciática, pero es que han sido muchas las horas en pie, andando o bajando. Ya en la cama los españoles siguen armando jaleo cantando “Macarena” en la comercial calle en que se ubica nuestro “apartamento”.

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Viñedos desde el puerto fluvial de Pinhao

 Pinhao-Tua (3ª jornada, 20-8-2017)

Este día fuimos en tren por la margen derecha del Duero hasta llegar a la localidad de Pinhao, desde donde nos habían recomendado un paseo en barco hasta la Foz de Tua y que resultó un tanto decepcionante, a lo que contribuyó la larga distancia (2 horas de tren por cada trayecto) más otras 2 horas en barco que dio media vuelta en la desembocadura del Tua, afluente del Duero por su margen derecho. El calor también hizo lo suyo, pues parece que fue el día más caluroso en esta zona. Lo mitigamos a base de botellines de agua y polos “Calipo”. Además el tren de vuelta se retrasó 1 hora y terminó en la estación de Campanha, donde hubimos de coger un metro. En definitiva, llegamos al apartamento bien pasadas las 22 h. De modo que decidimos cambiar de planes. Pero el crucero por el Duero también tuvo sus aspectos positivos: el agua limpia y verde del río , los paisajes de viñedos (al parecer Patrimonio de la Humanidad), el haber realizado un trayecto tierra-agua que muy pocos conocen, más la copa de oporto que nos ofrecieron en el barquito, y el grupo de música popular que actuó a la vuelta en la estación de Pinhao y que venían en un trenecito de época que tal que partía de Régua, donde lo vimos estacionado al pasar por allí. En Pinhao comimos exquisitamente en un modesto restaurante donde nos sirvieron un bacalao a la brasa guarnicionado con unas estupendas patatas al horno y brócoli. Fui incapaz de ingerir aquella inmensa bandeja repleta de cosas ricas.

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Estanción de San Benito (San Bento)

Oporto (4ª jornada)

Después de desayunar, como todos los días, en la histórica y bulliciosa "Confeitaria do Bolhao", atendidos por la simpática camarera que nos sonreía el llegar y donde fuimos probando distintos pasteles (bolos de arroz, "jesuitas" y "folhados"),  el  cambio de planes supuso suprimir el viaje a Braganza, tomar un día de asueto en Oporto (descansar, recuperar fuerzas y no tener horarios) y dejar el viaje a Guimaraes para la jornada siguiente. Dormí sin hora y paseamos por la ciudad, ya tan conocida para nosotros. Alberto decidió participar en una visita guiada al edificio de La Bolsa, mientras yo recorría las librerías nuevas y de viejo en busca del deseado libro avistado en mi viaje anterior  Diccionário de arabismos da língua portuguesa que no encontré incluida la FNAC. Aprovechamos esta nueva estancia en Oporto para volver a comer Tripas en O Escondidinho, con el excelente trato de sus camareros, aunque cometimos el error de olvidar que con una ración era suficiente para los dos, como hicimos en la anterior ocasión y resultó excesiva. La factura ascendió a más de 70 €, pero mereció la pena por su exquisitez y la excelente ginjinha que debía ser gran reserva pues nos cargaron 6 o 7 €  la copa. Este día me sentó muy bien. Dormí incluso la siesta y tuve tiempo de afeitarme y asearme a fondo.

Por la tarde Alberto (siempre tan generoso) me sorprendió regalándome el anhelado DICCIONÁRIO DE ARABISMOS DA LÍNGUA PORTUGUESA.

                                    

                                           

Guimaraes (5ª  jornada 22-8-17)

En este día viajamos a Guimaraes una población relativamente pequeña que es considerada la cuna de la nación portuguesa. Alberto la recomendaba por su casco histórico (muy bonito) que recorrimos por la mañana. Tras tomar una cerveza frente a la ya visitada iglesia y claustro de Santa María de Oliveira (con olivo centenario sustituido), decidimos comer en un restaurante recomendado por Tripadvisor llamado Hool (Hotel da Oliveira)  en una plaza contigua. Contra lo habitual en estas tierras, los platos eran escuetos aunque su calidad y el trato de sus jóvenes camareros no deslucían. Después hemos subido las cuestas hasta  su palacio y el castillo y entre ambos la ermita románica de San Miguel que alberga la pila donde fue bautizado el primer rey de Portugal.

Nos acompañó la suerte y pudimos tomar un tren de vuelta a Oporto que salía solo unos minutos después, llegando a nuestro destino sobre las 19:30.

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Casa modernista en Aveiro


Aveiro  (6ª jornada 23-8-17)

Este día viajamos, también en un cercanías (1 hora) a Aveiro, “la Venecia portuguesa” (tópico) por sus canales, pocos, y sus “góndolas” de enorme tamaño para albergar muchos viajeros. Se ve que han aumentado su tamaño a juzgar por un modelo más antiguo que hemos visto en el Museo de Aveiro.

Lamentablemente no hemos podido avistar el mar o las  playas  porque se hallan a 10 km. debido a que la ría, por un proceso de evolución geológica, fue cerrando la bahía donde se encuentra esta localidad.

Recorrimos una calle que en sus inicios se llama rúa Coimbra y en el segundo tramo y más largo “Héroes de la Gran Guerra”, estaba decorada con figuras de peces y otras especies marineras confeccionadas en tela o tejido y colgantes de redes de pesca. Naturalmente me ha recordado a nuestra calle Imágenes. Luego hemos visto muchas y bellas casas modernistas (Arte Novo), en una de las cuales se encuentra la Oficina de Turismo y otra cercana que alberga el Museo do Arte Novo de la ciudad que resultó un tanto pobre en su contenido.

Cuando fuimos a comer (pronto) todos los restaurantes estaban atestados e incluso con colas, así que después de dar una vuelta por los canales cercanos decidimos entrar en uno en que había comido mi compañero de viaje en una ocasión anterior. Era un restaurante popular en el que nos dieron mesa pero en el que tardaron muchísimo en servirnos. Aunque el precio, la calidad,  abundancia de la comida y la amabilidad del camarero han hecho merecer la pena. Yo pedí “chanfaina”, porque pensaba que sería igual que la que tomé en el antiguo Riaño, cuando nos invitaron dentro de una Jornadas contra la construcción de la presa que acabó sepultando el viejo pueblo en 1984, pero era solo carnero.

Luego, mientras fumaba  antes de penetrar en el Museo Modernista, me ha abordado un ciclista de pinta dudosa pidiéndome un cigarrillo que agradeció mucho. Nos ha hablado en varios idiomas y al decirle que éramos españoles se ha extendido en las similitudes o hermandad entre españoles y portugueses. Y nos informó de que esa casa modernista perteneció a una  anciana.

Son productos típicos de la ciudad la sal (aunque no hemos visitado sus salinas) y unos pasteles llamados “Ovos moles” de los cuales hemos comprado una caja de la que yo solo comí 1 porque estaban rellenos de huevo, como los “Huesos de Santo” o las “Yemas de Santa Clara”… y no me gustan las yemas.

Afortunadamente volvimos a Oporto pronto, volviendo a tener la suerte de tomar el tren que salía tan solo 15 minutos después de nuestra arribada  a la estación (17 horas). Y es que lo prefería así para llegar con tiempo de relax y disfrutar en la noche de “O Lusitano”, que parece que abre a partir de los miércoles. Lo pasamos bien allí, distendidos, con buena música y conversación.

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 Casa da Música

Oporto-Coimbra (7ª  jornada, 24-8-17)

Como el tren que nos trasladaría hasta Coimbra, nuestra nueva residencia, salía sobre las 15 horas, aprovechamos la mañana para asistir a una visita guiada en inglés a la “Casa da Música” construida por el arquitecto Rem Koolhaas, de triste recuerdo en Córdoba por su frustrado proyecto de “Palacio de Congresos”.

Me gustó mucho el edificio, su idea (un meteorito), la funcionalidad (como los vidrios ondulados), la investigación con nuevos materiales o el aprovechamiento de espacios (todos muy geométricos), sin perder de vista el gusto estético.

Luego nos dirigimos al cercano  “Mercado del Bon Suceso” (que funciona como el “Mercado Victoria” en Córdoba) pero de diseño moderno y construido “ad hoc”. Después volvimos al hotel donde habíamos dejado las maletas y nos encaminamos a la estación de Campanha desde la que partía nuestro tren hacia Coimbra, de cuya estación casi nos pasamos porque el viaje duró menos de lo previsto y yo estaba dormido.

El nuevo apartamento no tiene parangón con el cuchitril anterior: 2 dormitorios, un baño, un aseo, un gran y confortable salón y terraza exclusiva en un jardín con un toque zen, con un único, espigado y florido árbol (que después de nuestra visita al Botánico nos enteramos de que se trataba del Árbol de Júpiter”)  y excelentes vistas a la parte nueva de la ciudad. Todo parecía nuevo, funcional y de muy buen gusto. Y la chica que nos atendió fue insuperable. Un relax.


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Entrada a a la Universidad de Coimbra

Coimbra  (8ª jornada 25-8-17)

Hemos estado moviéndonos por la ciudad. Obviando el cercano Jardín Botánico, hemos seguido la línea del antiguo acueducto romano hasta llegar al corazón de la Universidad, en donde hemos visitado su antigua Biblioteca (¿salió también en una película de Harry Potter?),  la capilla, el Aula Magna y sus vistas sobre el río Mondego. Tras visitar el oscuro Museo de Ciencias, interesante pero con baja iluminación y un tanto descuidado, a pesar de su agradable portero y otro personal subalterno que nos atendió magníficamente.

En busca de un lugar donde tomar una cerveza, al poco encontramos una terracilla frente  a uno de los ábsides de la Catedral (o Sé) Vieja, tras lo cual nos dirigimos en busca de un restaurante que encontramos pronto: “O trovador”. Allí un grupo familiar que parecía chino nos entretuvo con su niño. En cuanto a la comida hemos seguido la recomendación de sus adustos camareros, por lo que hemos pedido cochinillo. Allí me ha llamado la atención algo que ya había visto en otro restaurante portugués de no sé qué ciudad que habíamos visitado: una taza o cuenco para picar o mojar aceite, junto a la típica mantequilla y, en este caso, paté de sardinas y un platito de “olivas” que me han recordado a los amigos Inma Criado y José Luis Reyes, por su afición al aceite.

Luego hemos bajado para encontrar la Oficina de Turismo donde un joven muy amable nos ha indicado cómo llegar hasta el yacimiento arqueológico de Conimbriga e incluso hasta Batalha. A la vuelta hemos visitado la Catedral (Sé) Vieja y su claustro. Tras lo cual yo, agotado (eran más de las 17 horas) he optado por retirarme y hemos llegado a nuestro apartamento pasadas las 18 h. Es verdad que hemos dejado atrás muchas cosas, pero ¡Todo no puede ser!

Como también hubimos de desechar la excursión al bosque (o jardines) de Buçaco, en gran parte debido a los aterradores incendios que sufría Portugal en esos momentos y, en este caso, cuando nos enteramos de que el gran hotel neomanuelino había sido desalojado ante la amenaza de que las llamas diesen buena cuenta de sus ocupantes.


 Casa de las Fuentes (Conimbriga)

Coimbra 2 (Conimbriga) 26-8-2017

Hoy hemos comenzado la jornada dirigiéndonos al impresionante yacimiento de Conimbriga, la Coimbra romana, que dista unos 10 km. del núcleo urbano. Hemos optado por un taxi para evitar horarios de autobuses especiales. Acordamos con el taxista abonarle 30 € incluida una espera de 1 hora, pero nos hemos demorado ante lo impresionante del yacimiento y su museo. Al final hemos permanecido allí casi dos horas y el taxista (que dormitaba cuando volvimos) nos ha cobrado 52 €, con llegada al Monasterio de Santa Clara la Nueva. Tras tomar una cerveza, hemos visitado el monumento acompañados por un guía en su parte de clausura. El claustro, barroco, me ha resultado muy potente por su arquitectura. Luego hemos bajado hacia el monasterio viejo (Santa Clara la Vieja), pero antes de penetrar en él hemos comido en un cercano restaurante en el que yo me he despachado un enorme plato de almejas gigantes (el único plato que he sido capaz de comerme completamente en este viaje), mientras Alberto se ha decantado  por una especialidad de la casa llamado “Bacalhau ao Convento” que no ha podido terminar y del que yo me he aprovechado de su guarnición de patatas fritas al estilo de mi abuela.

Después hemos acudido al monasterio viejo: Santa Clara la Vieja, que fue abandonado por las crecidas del río Mondego a fines del siglo XVII y trasladado más arriba, a salvo de las inundaciones del río. Hemos visitado su centro de interpretación, donde además hemos visitando un vídeo sobre su origen, evolución y la vida de la reina Santa Isabel. Tras volver al apartamento en taxi, para evitar calor y cuestas, hemos pasado la tarde relajados y frescos en la terraza de nuestro apartamento.


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Fuente central del Jardín Botánico de Coimbra

Coimbra 3 (27-8-17)

Para hoy no teníamos claro si viajar al  monasterio de Batalha o quedarnos aquí visitando sitios interesantes como el Jardín Botánico ubicado cerca de nuestro apartamento y el Museo Machado de Castro y su criptopórtico romano. Al final, después de lo cansado que llegué el día anterior y teniendo en cuenta que a Alberto le daba igual porque ya había visto el mencionado convento, decidimos quedarnos aquí y de paso evitar otro desplazamiento de 60 km. más los tiempos de espera ¡Otra vez será!

De modo que hemos comenzado por el Jardín Botánico, que en realidad funciona como parque público que cierra a la caída de la tarde. Había árboles rotulados con sus nombres en portugués y   el científico. El Jardín es bello, con una fuente central y escalinatas con arcos en sus accesos. Me ha llamado la atención un tipo de eucalipto de corteza lisa y casi blanca y ramas que caen hacia abajo, como los sauces llorones y un tipo de araucaria australiana con las hojas muy grandes. Había otras variedades de eucalipto, así como ginkgos, adelfas muy altas, palmeras, tilos y un arce de escaso porte cuyas hojitas (pequeñas) parecían de cannabis… Ha resultado un plácido e instructivo paseo. Los invernaderos y un amplio sector del jardín estaban cerrados al público. Entre los árboles y plantas se exhibían grandes fotos cedidas por gente de diferentes épocas; fotos familiares de personas que se retrataron allí.

Luego nos dirigimos al museo donde estuvimos hasta las 14 horas. Comenzamos la visita por el criptopórtico, para seguir por los restos del claustro de la iglesia de San Juan que se integran en el museo. De ellos destacan las terracotas de la Santa Cena, además de joyas y colecciones orientales. Pocas cosas pero muy bien musealizadas.

A la salida cerveza en la misma terracita de dos días antes frente al ábside de la Catedral (Sé) Vieja. Tras lo cual nos hemos dirigido al restaurante de esta zona en el que comimos la otra vez (O Trovatore) pero estaba cerrado por ser domingo, de modo que nos encaminamos a la zona del Hotel Astoria, de cuyos restaurantes teníamos buenas referencias. Al final hemos entrado en uno, A Cozinha da Maria, no muy grande y lleno solo a la mitad. A pesar de la hora (casi las 3 de la tarde),  nos han admitido, pero cuando hemos pedido el plato (yo quería pez espada al grill) nos han dicho que se había terminado pero que nos recomendaban el mero, cosa que hemos aceptado y de lo que no nos hemos arrepentido a pesar de que nos advirtieron que tardaría entre 20 y 25 minutos en estar listo, y nos sugirieron, mientras tanto, tomar queso o chorizo (casi longaniza) por el que finalmente optamos. Al pedir la bebida (vinho verde)  el camarero nos advirtió que era mejor pedir una botella si pensábamos tomar una 2ª copa. Siguiendo su sugerencia hemos pedido botella que nos sirvió con esos artefactos nuevos que la envuelven y la mantienen fría.

El resto del tiempo tras la comida lo dedicamos a comprar regalos. Cumplido nuestro propósito, volvimos al apartamento y su relax. Al día siguiente nos esperaba el regreso a España.

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El retorno (accidentado).  (28-8-17)

Volvimos a desayunar al cercano bar Abilio y luego subimos hasta el mirador de Penedo do Castro desde el que las vistas no eran mejores que desde nuestro apartamento. Recogimos las maletas y nos encaminamos a la estación nueva. Allí vimos que nuestro tren venía con casi 1 hora de retraso. Afortunadamente, como llegamos con antelación, pudimos cambiar el billete para otro “comboio” que llegaba antes y además nos devolvieron dinero (se ve que era de menos categoría). Llegados a la estación de Oporto nos trasladamos a su aeropuerto en el tren de cercanías. Teníamos tiempo de sobra y comimos un bocadillo y algún pastel de fina hoja (también con huevo!). Hubimos de pagar una cantidad de dinero extra para facturar las maletas, cosa no prevista, para nuestro pequeño avión de IBERIA, que salió puntualmente. Llegamos a Madrid y lloviznaba. Y ahí empezó nuestra odisea, al ir a recoger las maletas. En la cinta estuvimos casi media hora esperando y no aparecía ninguna, aunque la pantalla de esa cinta indicaba que se correspondía con nuestro vuelo. Desesperados, decidimos pasar a la acción: Alberto se quedó vigilando la cinta y yo me fui a la sección de reclamaciones, donde me encontré con una enorme cola de personas con similares problemas. Concretamente la familia que estaba delante de mí se quejó de que una maleta venía completamente vacía. Tras una hora en la cola por fin nos llegó el turno; la amable encargada que nos atendió nos informó de que las maletas se habían quedado en Oporto por falta de espacio en la bodega de la aeronave (y creemos que esto se debe a los numerosos “equipajes de mano” *). Nos instó a poner una reclamación y nos dijo que llegarían al día siguiente sin precisar la hora (mañana o noche) y que si no podíamos recogerlas allí nos las enviarían prontamente a nuestro domicilio. Pusimos la reclamación pero con tanta demora perdíamos el tren reservado a Córdoba, el último. Entretanto llamé al servicio de atención al cliente de RENFE explicando el problema y solicitando el cambio de billetes para el día siguiente. La señorita que atendió la llamada me insistía en que el cambio de billete solo podía hacerlo en la estación y antes de que saliese nuestro tren, cuando el problema era precisamente ese: que ya no nos daba tiempo a desplazarnos desde Barajas a Atocha para coger el tren. Me colgó porque había rebasado los 9 minutos con mi llamada y que ella no podía hacer nada. De modo que hubimos de buscar un hotel para pasar la noche en Madrid (otro gasto añadido). Alberto concertó uno conocido en la calle Atocha y muy cercano a la estación. Y muy de mañana se dirigió a sacar los billetes para el primer tren a Córdoba. Mientras tanto no paraba de recibir mensajes de IBERIA de que las maletas estaban localizadas y estaban en trámites de hacernoslas llegar. Imposible contactar con una persona en la web de reclamaciones: todo eran mensajes o anuncios automáticos de que nuestro problema estaba en vías de “solución” y recibiríamos las maletas en breve. Pasado un tiempo prudencial (2 días) sin que se produjera la llegada de las maletas, Alberto se decidió a viajar a Madrid y por fin recuperarlas (tiempo y dinero gastado). ¡Menos mal que al menos llegaron intactas! Pero el sofocón fue impresionante.

*  El “equipaje de mano” es una auténtica plaga y perjudica claramente a los que facturamos el equipaje (y pagamos por ello): retrasa la salida del vuelo y la recogida de maletas al resto de pasajeros porque tienen prioridad y, como ha sido el caso, ocasionan una enormidad de trastornos. Naturalmente hemos puesto una reclamación para que nos abonen la noche de hotel en Madrid y la pérdida de los billetes de tren. Ya hemos mandado toda la documentación necesaria. Ahora a ver si la pagan, cuanto y cuando… En fin, ineptitud, chapucería, falta de responsabilidad, porque ¡Habrá algún responsable de este desaguisado! Y debería pagar las consecuencias ¿No?

PD: En casi todos los museos y monumentos que hemos visitado nos han preguntado amablemente si éramos mayores de 65 años, para aplicarnos la tarifa reducida. Una deferencia sin duda, que nosotros hemos negado a tenor de la verdad. Pero que de algún modo nos ha preocupado porque no creíamos tener aspecto de esos años.



13.9.17

La odisea de los rabadíes



Aunque la portada de este libro nos puede llevar a considerarlo una novela histórica (como me ocurrió), se trata de una obra científica, de Historia, bien documentada, que a lo largo de sus 413 páginas nos ilustra sobre sobre uno de los acontecimientos más importantes de la historia de Al Andalus en época omeya: La rebelión del Arrabal de Saqunda durante el emirato de al-Hakam I (818). Un hecho poco difundido hasta ahora pero que tuvo mucha trascendencia.

El subtítulo de “El primer exilio hispano” hace alusión a los distintos exilios que ha sufrido nuestro país a lo largo de sus historia -no pocos- y que tienen como último ejemplo en el sufrido por los republicanos españoles ante el triunfo de las fuerzas fascistas en la última Guerra Civil (1936-39).

La obra autoeditada  (¡Qué valor! Aunque una ventaja de nuestra época de Internet), está muy bien estructurada en 8 capítulos y un epílogo al que sigue una extensa y precisa bibliografía. Desde el contexto histórico y geográfico de los hechos hasta sus últimas consecuencias: la fundación de un emirato andalusí en Creta que duró casi 150 años (lo cual no es poco). Numerosas citas y fuentes contrastadas, tanto cristianas (bizantinas) como musulmanas, apoyan las tesis de su autor.

Aunque la presentación del libro está prevista para la semana próxima no he podido resistir la tentación de publicar esta reseña inmediatamente después de terminar de leerlo.

De momento se puede adquirir en dos librerías de Córdoba: La República de las Letras y Librería Luque.


9.8.17

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL (MANIFIESTO)



Último libro que acabo de leer, prestado por el amigo Alberto Rubio. Como me gustó cuando empecé a leerlo, me lo acabé comprado para así poderlo subrayar y anotar a modo.

A pesar de sus escasas 170 páginas resulta muy denso. Muy sustancioso.

El autor, Nuccio Ordine, es profesor de Literatura italiana en la Universidad de Calabria. Pero es este un libro de Filosofía. Un libro excelente para haber comentado en aquellas tertulias filosóficas que celebrábamos.

En un mundo como el actual, regido por el beneficio, la productividad, el medir, pesar y evaluar; es decir, por el dios “Mercado”, se hacen muy necesarias defensas o “Manifiestos” como éste. Un mundo en el que parecen no tener cabida las humanidades la literatura, el arte e incluso las ciencias, sí, las ciencias que no tienen una utilidad inmediata, vendible. En este sentido el autor pone múltiples ejemplos de investigaciones y descubrimientos científicos cuyos autores no trabajaron por dinero, sino libre, gratuitamente; por el mero placer del conocimiento… Luego llegarían los comerciantes y aprovecharían esos descubrimientos para lucrarse: la ciencia “útil” o vendible. La tecnología, más bien.

El libro se divide en tres partes dedicadas a la Literatura, “La Universidad-Empresa y los Estudiantes-Clientes” y “Poseer mata: Dignitas Hominis, Amor, Verdad”.

Remata la obra un breve apéndice con un artículo de Abraham Flexner publicado en el Hasper’s Magazine de octubre de 1939, en el ya entonces su autor ponía de manifiesto los valores defendidos en esta obra que está editada por Acantilado en 2013 y que va por su 16ª edición en español.



Muy, muy recomendable.

30.7.17

Salgo (33º) al Barón


Sobre las 10 de la noche salgo al cercano pub-taberna El Barón, para cortar un poco mi enclaustramiento debido al calor. Pasadas las 10 el termómetro marca 33º y todavía hay cierta luz. Me pido mi ración de empanada y una cerveza. Me sorprende la redundancia de las señales del aparcamiento para motos y le hago una foto. Y escucho sin querer las conversaciones de las mesas más inmediatas. En la más cercana, ocupada por alemanes alguno de los cuales hablan algo de español, tratan de dilucidar con el camarero la diferencia entre “caña” y “maceta” de cerveza. En la otra, más numerosa, un grupo de veinte/treintañeros, hablan de sus viajes a Indonesia o Cuba. Supongo que tienen trabajo estable, porque si no esos lujos no son permitibles. No lo eran cuando yo tenía su edad y trabajo fijo. Me permito preguntarme en silencio  (con cierta envidia) si esos viajes les permiten afirmar  que conocen bien tales países . Y me extiendo en mis pensamientos más allá: ¿Conocen España? ¿Han estado en Palencia, Teruel o Huesca…?

Tras tomar una foto del antiguo nombre de esta taberna-pub (“El Barón Rojo") me encamino a un restaurante-apartamentos llamado “Atrium, con subsuelo de cristal que permite  ver restos arqueológicos (como en la cafetería "Roldán de la Victoria")  dónde, a mediodía, había adquirido una ración de salmorejo para el almuerzo. Busco un helado de menta y chocolate pero el establecimiento, a estas horas, está cerrado.  Más adelante encuentro otro donde he desayunado alguna vez. En mi misma calle; se trata de un establecimiento anexo a un restaurante cuyo nombre no recuerdo y del que debo alertar  “Tripadvisor”. Sus camareros casi siempre están ausentes o mal encarados. Tal vez porque tienen que atender a dos sitios a la vez. En esta ocasión tengo suerte y encuentro un camarero que está terminando de atender a otro cliente. Le pido un cucurucho de helado y me pone pegas recomendándome una tarrina pues cree que el helado se me caerá. Le insisto y al final, de mala gana, accede a mi petición. El helado me cuesta casi lo mismo que la tapa/cena con cerveza. Debo ser un bicho raro.


27.7.17

La mano de Fátima (novela)



Exitosa novela histórica de Ildefonso Falcones, autor de La catedral del mar. En sus más de 900 páginas se narra la rebelión de los moriscos de las Alpujarras de 1568 y su deportación tras la derrota. Rigor histórico (aunque su protagonista, Hernando Ruiz o Hamid Ibn Hamid, es inventado pero verosímil), narración ágil. Engancha. Transcurre, sobre todo, en las Alpujarras granadinas y Córdoba, pero también en Granada, el Reino de Valencia, Sevilla o Tetuán

Hay algún gazapillo como la “calle Arhonas” (suponemos que se trata de un error informático pues, por el contexto, parece referirse a la calle "Almonas" o "Armonas", hoy calle Gutiérrez de los Ríos). O hablar de la corrida de toros en la plaza de la Corredera (que no existió como tal hasta finales del siglo XVII…)

Un canto a la tolerancia y a la convivencia respetuosa entre culturas y religiones. Y al amor; y los caballos (creación de la “raza española”).

El título alude a un amuleto de buena suerte de las culturas musulmana y judaica (al-hamsa).


Tiene una “secuela”: el libro ilustrado Los paisajes de la mano de Fátima.



Enlaces relacionadosCon excelente inclusión de personajes tanto históricos como imaginados además de los escenarios.

16.7.17

Comidas populares (gazpacho, salmorejo, migas…)


Resulta que con el auge del turismo en España en general, y en Córdoba en particular, dónde nací y siempre he vivido, se suscitan polémicas sobre determinados platos que pertenecían a la gastronomía popular (pobre) y que “gracias” a los masterchef y otras chorradas se han puesto de moda. De modo que ningún restaurante cordobés que se precie puede prescindir en su carta del salmorejo o el gazpacho.

Así que expongo aquí mis conocimientos directos, y por supuesto subjetivos, sobre estas comidas. Comparten que son comidas de “pobres”: su base es que tratan de aprovechar el pan sobrante, que se ha quedado duro, para hacer otro alimento y no desperdiciar nada (reciclaje). Y con tomate.

En mi casa, desde que tengo uso de razón (1963), el salmorejo era la base del gazpacho: se le añadía agua y trozos de pepino  y daba más de sí como complemento refrescante al plato principal y único. Y nada de cebolla, pimientos, picatostes ni otras historias con que ahora los adoban los restaurantes “a la page”.

En el salmorejo el jamón ni aparecía, y si lo hacía era solo para el cabeza de familia (mi padre) que a veces lo enriquecía con patatas fritas, si había.

Eso de que ahora lo llamen “sopa fría” es una contradicción “in terminis”: sopa y caliente van unidas según mi entender.

Tengo conocidos de la campiña cordobesa (talbaneses, montillanos…) que defienden el origen del gazpacho en época anterior al descubrimiento de América (de donde llegó el tomate y el pimiento) y lo llaman de diversas formas: gazpacho blanco, ajoblanco, etc. Según ellos lleva almendras, pero este fruto, muy cultivado por los musulmanes de al-Andalus, resulta/ba caro y no asequible a cualquier familia. En lo del ajo no hay nada que discutir, aunque desconozco la fecha de implantación, y sobre todo su expansión, en tierras cordobesas. Pero sin duda los ajos de Montalbán gozan de un gran y merecido prestigio en nuestros días.

Por lo respecta a las migas puedo decir lo mismo: reciclado del pan duro. En mi casa se adobaban o enriquecían con rábanos y naranja. Y ya en épocas más recientes y de abundancia, se le empezó a añadir torreznos o chorizo. Desconozco el origen o cuerpo de las "migas manchegas” o de otros lugares. En cualquier caso, creo que se les puede añadir cualquier cosa que se tenga a mano. Como ocurre con la tortilla de patatas. Que para mí va unida a las que hacían mis abuelas: Patatas cortadas en lonjas (no en gajos, ni trocitos) bien frita, sin ese huevo jugoso pero semisólido que ahora se ha puesto de moda.


En cuanto al “rabo de toro” qué decir: Jamás lo pude catar en mi casa. Los rabos de toro eran escasos y se pusieron de moda con un restaurante afamado y caro en Córdoba. Nosotros solo comíamos carne los domingos: el pollo con arroz.

13.6.17

La muerte


Ayer fue el amor y hoy la muerte la que me toca. Me acabo de enterar de que ha fallecido mi Tita Rafalita (Rafaela Jiménez Fernández), la última de la saga de hermanas y hermanos de mi padre. Con ella y con mi abuela Paca me crié hasta los 9 años, gozando de todo su  impagable cariño. Luego seguimos en contacto ¡Cómo no, dónde hay tanto aprecio! Éramos, somos, una familia a la antigua usanza: extensa pero siempre unida a pesar de las distancias (físicas, temporales, sociales…) que la vida actual nos dicta. Nunca dejé de visitarla, ni en su casa ni cuando hubo de ingresar en un residencia de ancianos; era soltera. En los últimos años, ya en la residencia, procuraba visitarla al menos cuatro veces al año: por su santo (llevo su nombre porque era mi madrina), en Navidad, en Primavera o Semana Santa (según mi calendario laboral) y en verano. Fallé en la última primavera porque los problemas personales o familiares se me vinieron encima; como si estuvieran agazapados para amargarme la jubilación, que yo anhelaba más gozosa.

Ahora se ha ido para siempre, con discreción, como ella siempre ha vivido. Sin alharacas, quejas o llamadas de atención. Una mujer trabajadora y luchadora. He llorado mucho esta noche y sin duda lloraré mañana en su funeral. No voy a reprimir mis sentimientos. Creo que es el mejor tributo que le puedo rendir a alguien que tanto me ha querido y lo ha demostrado. Y a quien yo tanto he querido.

Como mis torpes palabras no están a la altura de su ser, dejó aquí un poema del gran Quevedo. En su honor:


AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.



12.6.17

Amores



Sin duda, si hay algo opuesto a la razón  es el amor. La razón la tenemos inoculada desde la Ilustración; como si fuera en remedio, o antídoto contra todo. Es mentira. Ya muy pronto Goya, que vivió esa época de exaltación de la Razón, acabó concluyendo que la razón produce monstruos. Y ahí andamos (o ando).

El amor surge de cualquier manera. Inesperadamente. Por que sí. Es exuberante, como una planta; si te planteas el porqué o el cómo existe esa planta en ese lugar, te acabas convirtiendo en un entomólogo, un racionalista, un ser frío, aunque muy científico (jajajaja!).

Se me ocurren un montón de canciones  al respecto: creo que la canción es la mejor forma de comunicación de nuestra época. Y para no aburrir enlazo solo una de Bruce Springsteen de un disco que me gusta mucho y cuyo vinilo (The River) tengo y escucho desde hace más de 30 años, cuando no era famoso: Se llama Hungry Heart y se puede escuchar pinchando en el título.

Amor y amistad derivan de la misma palabra. Ambos conceptos son muy importantes para mi. El amor es un sarampión agradable pero pasajero, al menos en su intensidad. La amistad perdura, aun sin parecer tan intensa. Tiene un largo recorrido. Parafrasendo algo que he leído en algún libro o sitio: “La estrella que refulge fuertemente tiene una vida corta”. Y no me considero un cortoplacista, aunque los fuegos artificiales también me agraden.

29.5.17

Doñana 2015


Puesta de sol en Matalascañas

Los días 22 y 23 de abril de 2017 tuve la oportunidad de reincorporarme a los itinerarios didácticos por los parques naturales andaluces, que tenia abandonados desde hacía años por falta de tiempo. La reciente jubilación me permitió volver a participar en estas actividades que con tanto mimo prepara el amigo y profesor de Ciencias Naturales Manuel Morales

En esta ocasión se trataba de Doñana, que ha había visitado hace muchos años, cuando era estudiante de los últimos años de carrera universitaria, de la mano del profesor de Geografía Económica Antonio Sánchez. Pero el parque es tan extenso (543 km2 ) y variado que bien merece varias visitas.

Además esta excursión permitió que me reuniese de nuevo con antiguas y gratas amistades del IES Santos Isasa de Montoro, principalmente.

Como el programa era apretado, cosa habitual en este tipo de actividades, e implicaba un madrugón considerable, además de otras cuestiones (como el regalo de varias noches de hotel con el me obsequiaron los colegas del IES Medina Azahara por la jubilación) decidí viajar hasta allí el día de antes para unirme al grupo a su llegada a Doñana. A esta mi decisión se añadió el amigo Eladio quien de este modo me facilitó el viaje hasta Matalascañas, que hicimos en su coche.

Salimos de Córdoba a una hora prudente (sobre las 11:30) y llegamos a nuestro destino con tiempo holgado para alojarnos en el Hotel Alegría El Cortijo, que resultó fenomenal, y comer tranquilamente. Bien entrada la tarde salimos a dar un paseo por la localidad hasta llegar a la playa, donde disfrutamos de una bella puesta de sol con algunas nubes. Cenamos en la terraza de un restaurante y luego tomamos un “disgestivo” en un un pub cercano (y aburrido ese día). De regreso al hotel Google Maps nos jugó algunas malas pasadas, pero finalmente conseguimos llegar a nuestro alojamiento.

Al día siguiente desayunamos allí y tomamos el coche para dirigirnos al punto de encuentro: El palacio del Acebrón, uno de los centros de interpretación del Parque. A nuestra llegada se encontraban en su aparcamiento casi todos los convocados. Esperamos un rato hasta que se incorporaron los demás y nuestra guía, que resultó una joven y simpática bióloga madrileña con mucha correa, como demostró ulteriormente ante nuestras continuas e ingenuas chanzas no carentes de cierta picardía.

Palacio del Acebrón al fondo

Del aparcamiento hasta el palacio recorrimos un camino recto con mucha vegetación, alguna natural y otra precedente de lo que fueron los jardines de ese palacio, que debieron ser magníficos en su época de esplendor.

El palacio, en pleno corazón del Parque, fue construido en los años ’60 del siglo XX por un personaje pudiente llamado Luis Espinosa Fondevilla. Tiene aspecto palladiano, tan del gusto de la Inglaterra del siglo XVIII. Pero al acercarnos a él tropezamos con una escalinata desconcertante, pobre en su aspecto, conservación y material, en contraste con su esplendorosa fachada blanca. Allí nos dividimos en dos grupos que haríamos un recorrido circular por los alrededores y en sentido inverso, cada uno con su guía. Me añadí a la que comandaba la susodicha chica. Comenzamos volviendo sobre nuestros pasos y nos encontramos con un “boliche” que, nos explicó, eran apilamientos de madera para hacer hornos de carbón, práctica habitual de los antiguos moradores de estas tierras.  Luego recorrimos pinares dentro de un sendero bien cuidado que albergaba muchas especies de la flora autóctona: helechos de varios tipos, zarzas, lirios amarillos silvestres… Y turberas dado lo pantanoso del terrero, atravesado por varias ¿algaidas? o vaguadas surcadas por pequeños cursos de agua.

Pasamos por una reproducción moderna de una de las chozas que fueron  vivienda de los tradicionales habitantes de la zona, en las que destacaba su techumbre a base de plantas cuyo nombre no recuerdo pero que al día siguiente veríamos vivas en el Camino del Rocío. Llegados a este punto nos cruzamos con nuestro otro grupo que hacía la ruta inversa. Y después nos encontramos con un árbol singular, creo recordar que se trataba de una encina centenaria con un tronco de notables dimensiones. Más adelante nuestra guía nos propuso un juego: debíamos ir en hilera, cogidos  por los hombros pero con los ojos cerrados… La experiencia no resultó catastrófica como me esperaba, y es que yo me lancé a ser el primero de la fila sobre una pasarela de madera entre un desnivel considerable respecto al río, si bien protegida por vallas de madera. Al terminar el juego nuestra guía nos mostró la señal marcada en un árbol del nivel alcanzado por el río en su última crecida: ¡Una barbaridad!

Enseguida completamos el circular recorrido avistando la ermita del palacio, contigua a él y ahora cerrada. Por lo visto tenía símbolos masónicos como los siete remates o candelabros que coronaban su tejado. Al parecer su propietario era miembro de la masonería. No acerté a descubrir otros símbolos masónicos en el interior del palacio, ni en su azotea. Por ejemplo, en su gran comedor los techos estaban decorados con dos frescos: uno el de la Creación del Hombre tomado de la Capilla Sixtina (Miguel Ángel) y al otro lado El rapto de las hijas de Leucipo, de Rubens.

Tampoco me resultó satisfactoria la explicación del porqué se habían laminado los rostros de dos grutescos de su uno de sus grandes muebles de madera. Tampoco me satisfizo la explicación de la decapitación del águila que coronaba todo el palacio: según la guía fue para que no pudiese ver mejor los territorios que dominaba su dueño que él mismo ¿? Este propietario que organizaba grandes fiestas (a veces de mala fama) y cacerías, acabó, según nos contó la guía, arruinado pasando sus últimos días albergado y cuidado por uno de sus antiguos empleados. Una historia trágica que merece ser estudiada con detenimiento.

Terminada la visita nos dirigimos a una zona cercana preparada para tomar pic-nics (o “hacer un perol” que diríamos en Córdoba), con mesas y bancadas de madera, se encontraba cerca del Centro de Visitantes de El Acebuche. Luego retirada al hotel para descanso y reanudar la actividad sobre las 17:30, con un recorrido senderista que comenzaba en la Laguna del Jaral para llegar a los acantilados de Matalascañas atravesando dunas elevadas.

Flores en el borde del acantilado de Matalascañas

Durante este recorrido, fuertemente ascendente al principio, se nos explica la flora característica que nos vamos encontrando: “lágrimas de no sé que reina”, enebros … Y algunas muestras de la vida animal: huellas, excrementos (de zorro), trampas cónicas en la arena de alguna especie de hormiga o araña ???. Al llegar al acantilado (impresionante), apreciamos una especie de “duna fosilizada”; en el panel informativo que existe se habla de “tubificación” por las acanaladuras existentes en este acantilado entre la superficie en que nos encontramos y la playa, a 15 o 20 metros de desnivel y que son fruto de un tipo de erosión. Alguno de nosotros intenta deslizarse por una de estas acanaladuras, la más amplia y practicable, que además cuenta con una cuerda, nuestro compañero llega hasta la mitad entre las voces que se preocupan del peligro. Me siento tentado de intentarlo, porque el rappel no es un problema para mí. Pero sí lo es la subida, pues no estoy seguro de mis debilitadas fuerzas (falta de ejercicio) para trepar después por la cuerda. Y no quiero montar un espectáculo y que al día siguiente aparezca en la prensa como titular: “Sexagenario rescatado por un helicóptero en Matalascañas”. Un cuestión de estética.

Retornamos, cuesta empinada al principio, pinos con líquenes verde limón y un mar de pinos en la llanura que nos espera. La guía nos propone “El juego de la perdiz” pero, sin oponernos explícitamente, somos conscientes de que nuestros espolones son mayores que los de un pavo real. Sin embargo, y como homenaje a nuestra estupenda guía, Eladio canta “El tomate”.

Regreso al hotel, allí telefoneo a la familia y después del aseo partimos hacia la el “Restaurante Matías”, donde nos espera una exquisita y opípara cena en un gran salón que ocupamos solo nosotros. Muy grata la sesión conversando entre amigos y recordando otros momentos de convivencia. Al terminar todo el mundo está extenuado, sin ganas de copa. Y regresamos al hotel siguiendo el camino en ángulo recto que transcurre paralelo a la carretera, más largo pero también más claro que el dédalo que Eladio y yo recorrimos la noche anterior. Al llegar al hotel todo el mundo se recoge. Y es que estamos agotados y nos espera la jornada siguiente.

Ésta empezó con el traslado hasta la aldea de El Rocío. Cuando llegamos allí, temprano, todo es calma. Nos distribuimos en vehículos todoterreno y comenzamos el recorrido del camino y su polvo/s (3) en dirección a otro centro de visitantes, nuestro próximo objetivo. Nos sigue acompañando la guía del día anterior, al menos en el vehículo en que me introduzco. Atravesamos polvorientos pinares hasta hacer una parada junto a una zona pantanosa llena de las plantas usadas en las chozas (una especie de juncos) y poblada por multitud de inquietos sapitos que cuidamos de sortear con nuestras pisadas. Vuelta a los vehículos y comienzo de un terreno inundado donde avistamos muchas aves, bien buscando alimento, bien en vuelo: varios tipos de garzas, “moritos” (una especie de ibis oscuros que volaban en grupo con forma de V con largo y  curvado pico). A lo lejos, en el horizonte, se distingue una franja rosada de decenas de flamencos. Y así llegamos al Centro de Visitantes “José Antonio Valverde”, donde tenemos un reposo con buenas vistas y algunos pueden tomar un café, pues la cafetería está ocupada por un grupo de jóvenes extranjeros con los que nos hemos ido alternando en el mismo trayecto.


Paraje acuático cercano El Centro de Visitantes "J. A. Valverde"

De regreso, y muy cerca del centro, hacemos una parada en una paraje acuático al parecer muy apreciado por los fotógrafos de la avifauna. Hay mucha agua, con ranúnculos y lentejas de agua y, al parecer, nidos de aves en sus orillas protegidos por la vegetación. Una extensa llanura donde se alternan agua, tierra arenosa y vegetación. Y regresamos a El Rocío, donde termina nuestra excursión y que a esas horas está repleto de gente, autocares y coches. Con bares atestados y un mal servicio. La aldea ha crecido mucho, muchísimo, en comparación con la que yo conocí en el año 1983 o 1984 cuando solo había algunas casuchas de hermandades y similares y nada de gente. El ambiente es caluroso, húmedo y polvoriento. Nuestros guías nos despiden en su tienda de souvenirs y luego nos dirigimos en coche hacia el restaurante elegido: “Punto de Encuentro”, que nos cuesta encontrar por el enorme crecimiento de la aldea, ahora con varias plazas parecidas y muchas y sólidas edificaciones nuevas. Menos mal que el restaurante estaba reservado, porque la masificación llega hasta allí. Es verdad que es domingo, pero se trata de un domingo cualquiera y, sin embargo, el santuario y sus alrededores están atestados de gente.

En el restaurante comemos bien en su terraza mientras contemplamos un pequeño grupo de jinetes que toma copas de vino desde su caballo, atado a una estructura de madera en las lindes de la terraza similar a las de los bares de los westerns. Del grupo me llama la atención un caballo con los ojos azules así como un jinete acompañado, también a caballo, de dos preadolescentes que parecen sus hijos.

Llega la cuenta y las despedidas. Ahora cada cual volverá a Córdoba a su ritmo. A veces nos alternamos por la carretera. Yo regreso en el coche de Eladio junto a Manolo Zurita. Me acercan al paseo de la Ribera sobre las 18 horas. Fin del viaje.


P.S.: Como esta crónica pretende ser lo más “interactiva” posible, sobre todo dadas sus carencias, os agradecería plasmaseis en los comentarios los nombres (científicos y vulgares) de especies animales y vegetales que pudimos ver durante los recorridos y que yo he olvidado. Al fin y al cabo esta una crónica en construcción, colaborativa, por lo que se puede ir enriqueciendo con vuestras valiosas aportaciones. Gracias.


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